martes, 22 de diciembre de 2009

aquí estoy

No puedo creer que ni me atreva a mirarme al espejo, me acerco a la puerta del baño y grito. Los evito. Hay uno sólo en toda la casa. Escondí todos los que había, en los cuartos, en la entrada de la casa, y no miro por las ventanas, su reflejo me molesta. Me molesta. Pero ha pasado demasiado tiempo, ya ni sé como es mi rostro, cómo estará mi pelo, si mi ombligo ha crecido, si mi espalda se arrugó como plástico quemado, si mis ojos siguen del mismo color, si mis pestañas están en su lugar y no se han ido a mi nariz, que pienso, debe estar sucia, o si todo sigue igual.
Pero sí, ha pasado mucho tiempo.
Me acerco. Lentamente en puntillas, como si fuera una bailarina con resfriado, tapándome los hombros con los brazos. La puerta se abre y cruje. ¿Habrá una explosión si entro? ¿La que esté del otro lado gritará? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué?
Mi respiración se acelera, mis latidos se me salen por la boca, inhalo. Ahí estoy.
Ella está parada frente a mí. Sabía que tenía que esperar un poco más de tiempo, aún no era ese preciso momento, tal vez, era mañana o pasado, ¿y si me voy corriendo a esconderme debajo de las sábanas?, pero ya cerré la puerta detrás de mi, demasiado temprano y tarde. Aquí estoy.
Tiene un camisón azul marino puesto sobre su cuerpo, sus cabellos están revueltos y los visos se le asoman como si fueran raíces, largas raíces, y las manchas de su rostro creo que son pecas, sí, pecas.
Me saluda, está feliz de verme ¿Por qué estás feliz de verme? Te dejé sola, me escondí en la cama, te ensucié, ya no te leí más cuentos, ya no te escuché, ya ni en la ducha te canté más, mi voz parecía la de un pajarito moribundo y del espanto enmudecí. Gracias por decirme hola, ya que hace tiempo no escuchaba nuestra voz. Pensé que me descascararía, no estamos tan mal como pensaba, no estoy tan vieja como lo esperaba, si en realidad, apenas tenemos 16.
Te acuerdas cuando cruzábamos juntas la calle con la luz verde, cuando temíamos hablarle al chico que nos gustaba cuando íbamos en Kinder, cuando nos quedábamos quietas y calladas al escuchar los gritos de papá o cuando prendíamos un fósforo sólo por cinco segundos ya que nos podíamos quemar. Hicimos tantas cosas, pero nunca saltamos por la ventana, nunca paseamos de noche solas, nunca nos fumamos un cigarro tranquilas, siempre en el closet, escondidas. Nunca gritamos en la iglesia, nunca nos teñimos el cabello de color fucsia, nunca fuimos al concierto de ese tipo con rastas y cejas de cartón, nunca nos subimos tres veces seguidas a la montaña rusa, nunca dijimos te amo, nunca manejamos un avión, nunca volamos, nunca.
En ese minuto me fui, me esfumé, me espanté y me metí debajo de la cama. Hace años que no sabía de ti, incluso te extrañé. ¿Cómo has estado? ¿Te has portado bien? ¿Has comido verduras? ¿Has mirado bajo la cama? ¿Ya le diste un beso a Pablo? ¿Le dijiste a mamá que nos abrazara? ¿Contaste hasta cien para dormir en vez de prender la luz? ¿Te sacaste sangre para el examen? ¿Te reíste hasta tener dolor de estómago?
¿Te has mirado al espejo?
Sí, aquí estoy.
* Este texto fue escrito el año pasado para el ramo de dramaturgia, lo encontré hace poco en la papelera de reciclaje.

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